6.4                    SAL PICA DURAS (II)

El pincel, ávido y travieso, se sumergió en cada tema como en botes de pintura. Iba tan ahíto, que goteó, después yo lo sacudí y cayeron las Sal Pica Duras…

Ya sabéis: en todos los botes de colores temáticos, mojé el pincel. Por descuido, al trasladarlo hacia la tela, cayeron las GOTAS. Contrariado, lo sacudí entonces y se esparcieron las

 SAL PICA DURAS (II)

Al final, no llegué a pintar. Os pido me disculpéis por el embarro

Jorge C. Oliva Espinosa

Ciudad de La Habana, Agosto 2007

H E R E J Í A

Al cuentero mayor: Onelio Jorge Cardoso

La había pronunciado donde le vino en ganas; en tabernas y burdeles, en cabañas miserables y frente a palacios señoriales, ante los burgomaestres reunidos en el Foro, y aún se atrevió a gritarla en el templo, interrumpiendo la misa. La repitió cuantas veces quiso, escandalizando a los Señores, al Clero y a la Gleba.

Cuando lo veían aproximarse, la gente huía aterrorizada sabiendo que la diría. Los frailes asperjaban agua bendita y los fieles se santiguaban, si por casualidad se lo cruzaban en el camino. Ni aún en boca de los más depravados criminales se había escuchado antes nada semejante. Era una palabra tan monstruosa, tan abominable, de tan viciosa catadura, que ni los más degenerados delincuentes, ni las prostitutas de mayor abyección, se atrevían a pronunciar. Su sólo concepto, cuando venía a la mente, era alejado como tentación insana. Únicamente cabía suponer, que por boca de aquel desgraciado hablaba el Ángel de las Tinieblas, que se había apoderado de su pobre ánima.

Soldados de ruda guardia, fuertemente armados y con los oídos bien taponados para no escucharla, fueron a capturarlo. El se resistió y después de apalearle, lo condujeron ante el Tribunal del Santo Oficio.

Recluido en una terrífica mazmorra, su miserable cuerpo fue sometido al rigor del brasero y de los hierros calentados al rojo. Pero todo en vano, el demonio se negaba a abandonarlo. Y aún sobre el potro del martirio, con los miembros descoyuntados, aquel poseído del averno la seguía profiriendo. La emitía bajo distintas formas: a veces la gritaba como un aullido desesperado, capaz de erizar la cabeza de un calvo; otras, entre gemidos desfallecientes, casi apagados. Aún los doctos partícipes del Tribunal, se demacraban y caían de espaldas, llenos de consternación, cuando él, reuniendo sus escasas y últimas fuerzas, la exclamaba.

Ante tan sobrenatural empecinamiento, se hizo necesario hacer comparecer al Gran Inquisidor, para que se hiciera cargo, personalmente, del caso. Solamente él, con su sabiduría y su vasta experiencia en la lucha contra Satanás, sería capaz de exorcizarle. Y llegó el alto dignatario, con su olor a incienso y a carnes requemadas en la hoguera, hasta el lóbrego sótano. Allí estaba el hereje, colgado de los brazos por gruesas cadenas que le sujetaban a las paredes húmedas y roñosas. Era cierto que estaba agonizante. Su estado hubiera inspirado lástima a cualquier otro espíritu más débil. No había pulgada de su piel que no estuviera lacerada, sangrante, marcada. Sólo un ronquido sordo se escapaba jadeante de sus agrietados e hinchados labios.

Así lo vio el Ilustrísimo, cuando esgrimiendo un hachón entró resuelto al recinto. Venía el Santo Varón muy intrigado: ¿Cuál podría ser aquella terrible palabra, que nadie había querido repetirle y que, sin embargo, todos concordaban en calificar como la más diabólica y aberrante? ¿Qué clase de demonio era, el que hablaba por boca de apariencia tan humana? Quizás por ello, su osadía y determinación crecieron al encimarse al poseído, a cuyo oído musitó:

-Y ahora hijo mío, que ya estás cerca de la partida, dime a mí, a mí sólo, qué palabra es ésa tan horrible, que ha puesto Lucifer en tu pobre boca. ¡Dímela y di que abjuras de ella! ¡En nombre del Santísimo, te lo ordeno!

Abrió sus ojos vidriosos el moribundo, reunió sus últimas fuerzas y como un murmullo agónico, muy bajo, apenas perceptible, a los atentos oídos del Inquisidor llegó sólo un sonido de aire expelido. Aire que terminó desesperando al prelado, quien gritó:

-¡Dila, dila!

Entonces, como obedeciendo el santo conjuro, antes de exhalar el aliento final, casi inteligible… !la dijo!

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